sábado, 17 de febrero de 2024

carnavalito de mi curaÇao

 Soy Palmense. Gran Canario. De Las Palmas.

   Y no nos engañemos, queridos. Ser de las palmas es a la canariedad, como ser del BarÇa: un eterno segundón. Todos los que hemos vivido fuera sabemos de buena tinta que Canarias es una gran desconocida en cuanto cruzas el estrecho, y que nuestros compatriotas peninsulares se pierden en nuestra geografía, nuestra idiosincracia, nuestras diferencias y hasta en los nombres de nuestros desdichados peñascos. Para ellos, "canarias" es Tenerife y algo más que no saben definir muy bien. Súmale "palma" balear, la `palma, santa cruz de la palma, las palmas.....en fin....necesitan dos o tres vidas de tortuga de las galápagos para hacerse una idea cercana a lo que pasa por aquí abajo. Y bueno, como Gran Canario he pasado por todas las afectaciones que esa realidad me produce. Al principio asombro, luego cabreo, y a mis 56 años ya la verdad es que a base de resignación y sabiendo que nada va a cambiar, MSLP, como diría mi amigo Pepe.

   Pues en los carnavales, esto no iba a ser diferente.

   Para un peninsular medio, sólo existen tres carnavales en el mundo: el de Río, el de Cádiz, y el de Tenerife. Quizás algún avispado nombre el de Venecia, pero ese ya sería un peninsular medio-alto. Lo cierto es que el de Las Palmas simplemente no existe. Y aunque supieran que existe, les iba a importar una mierda. Y tampoco les culpo. Pocos canarios "medios" podrían enumerar las provincias de Andalucía o establecer una diferencia clara entre Asturias y Cantabria, por ejemplo. Así que no nos pongamos estupendos con lo ignorantes que son ellos sobre nosotros sin evaluar la reciprocidad que les profesamos en nuestra estulticia. Pero a lo que voy:

   Si hay algo que un peninsular pueda reconocer como carnaval palmense, son nuestras ya internacionalmente catódicas galas Drags. Quizás sea lo único en lo que hemos sobresalido y sido originales y aventajado a nuestros vecinos del chicharro. Pero no voy a hablar sobre eso porque ya lo hice extensamente en un artículo de este mismo blog y que puedes releer cuando quieras.

  Hoy quiero hablar del carnaval en sí, en su totalidad y lo que para mí significa. Y lo cierto, es que no puedo hacerlo bien. Y no puedo hacerlo con los ojos en 2024, aunque hace un par de décadas el carnaval no me producía tanto asquito como ahora. Vaya por delante que el propio concepto y origen del carnaval me tira para atrás. No me gustan los disfraces ni las máscaras. Y no me gustan porque para mí, simbolizan cosas que se dan bofetadas con una concepción del mundo que no me agrada. La máscara pretende ocultar. Esconder. El disfraz sirve para convertirte en quien no eres y te gustaría ser. Y ambas cosas, son una estafa. Y luego está la burla, el insulto, la denuncia (cosas muy loables), pero que cuando se refugian en el anonimato, se convierten en indignas y cobardes. Vale, sé que es una visión muy tremendita y trágica de las cosas, y que con un humor ponderado y una cierta gallardía, la retranca carnavalera puede ser graciosa, reivindicativa y valiente. El sentido del humor, la capacidad de reirse de uno mismo, , el ingenio y la gracia a la hora de sacar punta hasta de las desgracias pueden ser hasta sanadoras y necesarias. Pero no, eso no es lo que veo en los carnavales actuales. Lo único que veo es ordinariez, histrionismo, excesos y una vergonzante cobardía que convierte a las personas en unos Judas oportunistas que utilizan el anonimato para simplemente, hacer daño sin arriesgarse. Y esto tiene miles de matices y personalismos infinitos, pero pondré un ejemplo colectivo: Calificamos nuestras galas drags con palabras honrosas como ejemplos de "libertad" o "transgresión", repitiendo esos términos por todos los medios de comunicación como un mantra que se repite hasta que la plebe se lo cree, pero que en realidad no son más que eufemismos y circunloquios socorridos para no pronunciar términos tan poco amables como "desmadre" o "transculturación". Y sobre todo, "irrespeto".

 Hoy día nuestros actos centrales del carnaval se basan simplemente en un libertinaje envalentonado que toma posesión de las calles y los presupuestos del consistorio para convertir las fiestas en 3 semanas de "orgullo", botellón y ausencia total de civismo refrendados y protegidos por una "libertad" entendida como licencia para delinquir.

Da miedo salir a esos cosos repletos de desnortados etílicos amparados por un disfraz;  pandillas de depredadores sexuales que creen que es la ocasión para sacar de paseo su enfermedad con impunidad, aturdidos migrantes que vienen del infierno y se creen que esto es sodoma y gomorra donde pueden darle rienda suelta a las costumbres de su tribu.... sí, da miedito....y bueno, tampoco me quiero poner, de nuevo, trágico, porque es verdad que hay grupos de gente que tiene ingenio, decencia y humor para hacer parodias y chistes y críticas con inteligencia y urbanidad...pero son los menos. He visto en varios medios locales congratularse de un grupo de las palmas que hizo una parodia de la metroguagua con mucho éxito de crítica y público, pero que sucumbieron por el tsunami latino-barriobajero-reguetoniano que nos invade, a usar la palabrota soez y fuera de tiesto para adornar su parodia.

   En fin....me congratulo con saber que tengo un piso que se considera dentro de la zona urbana "santa catalina" y eso me faculta para ser miembro de una plataforma vecinal que vuelva a quejarse, denunciar y conseguir echar los carnavales pallá pal coño, donde se lo metan.

 Disfruten, mascaritas.

 

martes, 23 de enero de 2024

EL TIEMPO

 Recuerdo leer una entrevista con Steve Jobs. El genio muchimillonario, visionario y creador de Apple. El tipo indiscutible, iluminado, triunfador y tan sumamente rico, que cualquiera de sus discursos nos deben de llevar a análisis y reflexión. Y como todos sabemos, el tipo murió de una enfermedad incurable que toda la ciencia del momento no podía solucionar y toda su inmensa fortuna no pudo ayudarle a superar el trance y las limitaciones que su enfermedad consideró imponderables.

 Y en ese discurso de un tipo audaz, inteligente, solvente y capaz, de lo que más se lamentaba es que todas sus virtudes y su inmensa fortuna no le iban a permitir comprar lo que más anhelaba en ese momento: TIEMPO. Nada iba a poder prolongarle una vida que se consumía y que no encontraba manera de atajar a pesar de sus descomunales recursos. Daba igual cuantos ceros tuviera su cuenta bancaria. Cuanto prestigio tuviera su trabajo. Cuan enorme fuera el reconocimiento mundial. Nada de eso iba a prolongar una vida que quería seguir teniendo y que se esfumaba sin poder hacer nada al respecto. ¿Habrá una forma de frustración más enorme que esa?. Eres un millonario, eres un gurú de la tecnología. El mundo te respeta y te adora. Pero te mueres por un puto cáncer. Y ni nada ni nadie lo va a cambiar. Y se murió cuando el destino y su enfermedad así lo decidieron. Ni siquiera Steve Jobs y su inmensa fortuna y su privilegiado cerebro pudieron comprar un puto solo minuto de vida.

 Puede que tú ahora no tengas los 1500€ que pueda valer el último modelo de Iphone. Pero Steve podía tener todos los Iphones que quisiera y la muerte se lo llevó sin poderle comprar un minuto más de vida a pesar de su saldo millonario. Una vida que tú sí tienes. No te hace pensar?

 Valora tu tiempo. Compártelo con los que quieres. Es la única cosa que no podrás comprar cuando la necesites. Puedes arrepentirte de haber derrochado tu dinero, de haber gastado más de lo necesario en chorradas...te puedes arrepentir de miles de cosas. Pero nunca te arrepentirás tanto de haber malgastado TIEMPO. No te preocupes de gastar en regalos costosos a tu pareja, a tus padres, a tus hijos...pero ten siempre claro que a la gente que quieres y que te quiere, el mejor regalo que les das es TU TIEMPO. Y lo mismo para lo que recibes de ellos.

  Lleva a tu pareja a cenar juntos en algún lugar exquisito y especial....siempre valdrá más que un abrigo de visón. Lleva tus niñ@s de viaje y compartan juntos. Vale más que un móvil, una bicicleta, un coche o una moto. Agasaja a tus padres con un almuerzo compartido o un día de campo en familia....tiene más valor que pagar a una asistenta o servicios de diversa índole. Cuando das tu tiempo a los que quieres, das lo mejor y lo más caro que tienes. Todo lo demás es bisutería.

 Hazme caso.

viernes, 29 de diciembre de 2023

NEW BALANCE 2023

 Y aquí estoy de nuevo.

 Parece que tengo la suerte de ponerme un año más a hacer un balance de lo que ha acontecido en este nuevo año de nuestras vidas. Tengo la salud, la fuerza y la capacidad para hacerlo, de modo que ya es un indicio de que no ha ido mal del todo. Y es verdad.

 Como todos los años, han habido cosas buenas y malas, eso nunca falla. Pero parece que las malas no han crecido. Como mucho se han mantenido. Hay problemas atávicos que no he podido resolver, pero que se mantienen en barbecho sin dar demasiada lata, aunque ya lo harán, de eso tampoco me cabe duda alguna. 

 Pero la salud de mi madre se mantiene, la mía también, y parece que mis fuerzas aún pueden resistir algún embate sobrevenido que se presente. Y eso es lo importante. Hemos esquivado los reveses que el destino nos tenía preparados para 2023, y nos mantenemos como un tentetieso preparados para ponerle el cachete a 2024 con el enconamiento que venga. Y pa chulo, yo. Atrévete con nosotros.

 Y de las cosas buenas....de esas sí que tomo conciencia y hago balance, porque esas igual no se repiten y hay que tenerles conciencia y agradecimiento.

 Este año he aprendido lo valioso que es el tiempo. Que es el bien más preciado, el más caro y el más difícil de suplir. Que el tiempo que le dedico a mi madre es el regalo más precioso, por encima de perfumes, ropas o Alexas. Que compartir cada minuto es un regalo inigualable, y que cada viaje, cada comida o cada paseo juntos siempre será más valioso que lo que pueda comprar el dinero.

 Y a nivel estrictamente personal, esto es algo que también me aplico, porque he recibido la luz de conectar con el faro de Alejandría. Una persona que a estas alturas me dedica su tiempo, sus energias, su amistad y su presencia. Me tocó la lotería en febrero, y a 29 de Diciembre se consolida como el haber más grande de este balance.

 También estreché y dimensioné relaciones antiguas a niveles de excelencia, hasta convertir a personas del pasado en promesas de futuro que ya sé positivamente que jamás se van a diluir como azucarillos en un café. Da tranquilidad.

 Y las decepciones, que las hubieron, se han aparcado en una zona del cerebro donde ya no hacen daño y se benefician de una comprensión y aceptación resignada fruto de una madurez que no creía tener y envueltas en un halo de amor incondicional que ya no le hace caso a desplantes ni comparativas.

  Algo he crecido, y para un chiquillaje como yo, eso es algo que este año me regala envuelto en oropeles. Aquí estoy. Más grande, más fuerte, más persona y más accesible. Gracias, 2023.

miércoles, 2 de agosto de 2023

GENERACIONES

 Soy de una generación de héroes. O al menos, así me (nos) lo han hecho creer. Nací en un baby-boom sesentero que convirtió a mi generación en una tropa que tuvo que lidiar con las mieles y las hieles de los tiempos modernos. Por un lado, no padecimos guerras ni postguerras. Ni hambrunas, ni necesidades. Incluso un buen porcentaje de varones no tuvimos ni que hacer la mili gracias a objeciones de conciencia , prórrogas de estudios y hasta insumisiones permitidas. Tuvimos oportunidades que provenían de una bonanza económica y unos padres trabajadores cuyo mayor empeño era darnos todo lo que ellos no tuvieron, y con la inmensa suerte de no depender de otra cosa que de su trabajo y esfuerzo en una época en la que si jugaban bien sus cartas, podían tener una vida laboral estable y lo suficientemente bien remunerada como para poder pagar colegios privados de los que ellos no disfrutaron, vacaciones de verano en el sur, y acceso a estudios superiores que otrora eran lujos reservados a una élite de oligarcas para sus vástagos.

  Mi generación democratizó el acceso a la educación, y en una universidad de los 80-90 compartían aula el hijo del obrero con el del patrón, cuando algo como eso era casi una herejía en tiempos pretéritos. Sí, tuvimos oportunidades. Todas las del mundo. Y algunos las aprovecharon mejor y otros peor, pero en cualquier caso nuestro privilegio fue precisamente ese: el disponer de oportunidades que otros, en otros tiempos, o por nacer en el lado oscuro del mundo, no tuvieron nunca.

  Mi generación ha vivido cambios tecnológicos importantísimos, con la fortuna de que aún hoy, somos capaces de asimilar. Hemos estado a tiempo de ver el mundo analógico en el que nacimos transformarse en digital y tener aún la suficiente frescura de mente como para asimilarlo. Nacimos dándole vueltas al disco de un teléfono para acabar manejando smartphones con soltura, y aunque el avance es exponencial, confío en que aún seamos capaces de ir asimilando con igual éxito lo que se nos viene encima con la inteligencia artificial, las energías renovables, los cambios de paradigma y una antropología social que empieza a desbordarnos.

  Pero no lo olvidemos, hubieron hieles.

   Se nos inculcó una disciplina que hoy día está tipificada como delito. Nuestros profesores emplearon a fondo aquello de "la letra con sangre entra". Yo mismo recibí bofetones, reglazos en las puntas de los dedos, castigos, penas y todo tipo de revulsivos cuando olvidaba quién es el que manda. La disciplina no se razonaba ni se explicaba, simplemente se exponía de la forma más clara posible y anulando cualquier  ademán contestatario.

 Viajábamos al sur en coches sin airbags, ni asientos elevados, ni aire acondicionado, ni cinturones de seguridad. Pedaleábamos con bicicletas de hierro pesado sin casco, ni rodilleras, ni coderas, ni la supervisión de ningún adulto. Las heridas se curaban con mercromina y con un castigo por haber estado haciendo el cafre. Una lesión traumatológica se curaba con una pesada escayola y no con férulas de titanio y aluminio ultraligero desarrolladas por la nasa. La brecha en la frente de una pedrada requería puntos de sutura sin anestesia en vez de grapas amables, y sin denuncia ni al niño que nos tiró la piedra, ni a su padre.

 No tuvimos charlas de educación sexual en el cole, y cada uno se volvía autodidacta "distrayendo" un LIB o un INTERVIÚ de la forma más rocambolesca posible, y sobre todo NO HABÍA INTERNET. Ni google, ni youtube, ni facebook, ni instagram, ni tik tok. Y creo que esto último nos salvó la vida y nos dejó convertirnos en personas. Y por eso, y muchas cosas más, somos héroes.

 Sin embargo, parece que no aprendimos nada digno de transmitir.

 Nuestros vástagos no conocen ni hiel, ni nada. Han crecido entre unos algodones y cunas mullidas que les han convertido en tiranos de manual. Cierto es que ellos también viven unas desventajas generacionales que nosotros no conocimos, tales como una competencia desmedida, carencia de recursos globales, un planeta en decadencia por sobreexplotación....sí, sufren sus demonios y tendrán que espabilar mucho para compensar la herencia que les dejamos, pero no los estamos preparando para ello. Muy al contrario, les hemos desnortado aún más barriéndoles de su camino cualquier picón que les estorbara en sus zapatos de marca.

 Como dice el dicho, "tiempos difíciles hacen hombres fuertes. Hombres débiles hacen tiempos difíciles". Hemos sido su Uber privado hasta para ir con los colegas. Los paganinis del último capricho de la tecnología. Les hemos mandado a un psicólogo cuando merecían una mano abierta en el moflete. Dejamos que Rosalía y Quevedo sean sus referentes culturales. Nuestras niñas perrean el reguetón de un piltrafa portorriqueño mientras nuestros niños suben su autoestima tatuándose en la piel un dibujito insulso y absurdo que querrán borrar si algún día llegasen a madurar.

 En serio, me deprime el panorama y a día de hoy sigo preguntándome: ¿si somos héroes y privilegiados, porqué lo estamos haciendo tan mal?

 Quizás, y sólo quizás, también no seamos más que otra generación fallida.

martes, 25 de julio de 2023

El idiota del patinete (yo) Vs el empoderado gilipollas

 Soy conductor.

 La DGT me facultó hace más años de los que deseo admitir, a conducir vehículos (coches y motos) por los asfaltos de esta piel de toro. Creo que deben ser 30 años o más. Y he sido un conductor modélico. Conservo los 15 puntos de mi carnet impolutos, y mis seguros se congratulan de haber estado 30 años sacándome pasta con una siniestralidad que ronda el cero absoluto.

 Hace unos meses me compré un patinete eléctrico. Y ese cacharrete de gama media baja, que no supera los 25 km/h, se ha convertido en mi mejor aliado en los desplazamientos urbanos. Es eficiente, limpio, barato y reconozco que la mejor alternativa que me hace ahorrar tiempo, dinero y fatigas porque ni siquiera tengo que aparcarlo. Me acompaña allá donde voy como un perrito faldero y lo mismo lo aparco al lado de la mesa del bar donde me tomo un café, que subo a la sexta planta del corte inglés mientras hago mis compras.

 Eso sí, reconozco, como conductor que soy, que es peligrosísimo. Su naturaleza dual hace que lo manejes tanto en una calle con tráfico pesado, como en una zona peatonal, y en ocasiones conjugar los dos mundos genera ciertas incompatibilidades que hacen que tu lóbulo cerebral derecho se de de ostias con el izquierdo. Manejar este aparato reclama una atención máxima que varía en función de la vía que transites. Y siempre, en todos los casos, eres carne de cañón. Un accidente en una vía convencional te convierte en un ser endeble que se va a llevar la peor parte en cualquier accidente con un coche. Y en una peatonal, siempre te convierte en el culpable de causar cualquier tipo de lesión a un peatón al uso. Sí, es un peligro que te obliga a poner todas tus facultades en Defcon4 cuando al volante de tu coche, o al manillar de tu moto tienes una serie de cualidades que te igualan al entorno.

 Y a Dios gracias, hasta hoy mis 567 km en patinete no me han dado ningún disgusto remarcable. Pero mi experiencia de hoy ha hecho saltar todas las banderas rojas y me ha hecho reflexionar..

 Transitando una zona peatonal despejada (y permitida para bicis y patinetes), iba a todo lo que da (25 km/h). Pero al llegar a un paso de peatones, un peaton despistado no me vió llegar y cruzó. A escasos 5m de mí. Toqué mi timbre(como el de las bicicletas, un tin-tin absurdo que no oyó, y clavé el ridículo freno de tambor trasero a todas luces insuficiente para la distancia, por lo que tuve que acompañarme de un grito "cuidado, cuidado". Afortunadamente el grito sí lo oyó y ambos pudimos frenar nuestra trayectoria antes de una colisión que, todo hay que decirlo, tampoco es que hubiera sido "brutal" ni hubiera acarreado más consecuencias que las de un pequeño empujón que ni siquiera se produjo, pero casi. Y lo que vino a continuación es lo que me hace reflexionar:

 Una vez parados, admití mi culpa y pedí disculpas. " lo siento tio, no pensé que fueras a cruzar y clavé frenos todo lo que pude pero ví que no era suficiente. Culpa mía, disculpa". Y lo que recibí fue una mirada asesina y un grito de "a ver si miras por donde vas, idiota!!"

 Y vale, ahí me salió la Ernestada en cero coma. Aún sabiendo que, en puridad, la falta era mía, no quise admitir que su razón le facultara para esgrimir un insulto de forma impune y menos habiendo recibido una disculpa. Podía haberme callado, seguir mi camino, y purgar mi culpa amulado y agradeciendo que nada hubiera ido a mayores, pero no, tuve que rebotarme. Y después de mi admisión solo atine a decir "mira, amargado de mierda soplapollas, la próxima vez que cruces una calle sin mirar, quítate los cascos para que oigas las advertencias y te vas a llamar idiota a la puta madre que te parió". Tal cual. Mal hecho, vale. Debo aprender a contenerme y minimizar, que es la mejor forma de evitar problemas, pero no me salió. Debería tomar ejemplo de mi amigo Diego, que ya me ilustró de como su vida de conductor en Madrid mejoró cuando ante un problema de tráfico, era mejor lanzar besos que peinetas.

 Pero sí, me tocó los huevos que la gente ante un derecho reconocido, se arrogue la potestad de hacerlo valer con un insulto que a mi edad ya me cuesta digerir sin resistencia.

 Es como cuando con el coche frenas ante un paso de cebra y el que cruza, arropado en su derecho, lo hace a paso de tortuga importándole un pito y tres pimientos el tiempo que te retenga, porque su derecho le da derecho a humillarte, y lo de acelerar el paso para que la parada sea lo menos gravosa para ambos, se regodea en hacerte esperar lo que sus santos cojones tengan a bien. Pues vale. Pero lo de insultarte de gratis es también un derecho?

 qué hubieras hecho tú?

jueves, 5 de enero de 2023

Pirotecnia, perritos y enfermos

 Me encanta la pirotecnia.

   Siempre sucumbo emocionado a los encantos de la luz y el ruido. Es curioso cómo algo tan sugerente, excitante y bonito que es ver el cielo iluminado de colores con un colosal estruendo, tenga un pariente tan terrorífico como pueda serlo un bombardeo asesino. Pero el caso es que ante la ausencia de miedo y la certeza de la intención festiva, me sublima el espíritu ver explotar un montón de palmeras de colores sobre el negro cielo nocturno acompañadas de una ensordecedora traca.

 Pero no a todo el mundo le gusta. Muy al contrario, hay quienes no lo soportan, les enfurece, o les afecta de formas que no pueden controlar. Y claman por su abolición sin paliativos. 

 Ya es un clásico que en estas fiestas navideñas las redes se saturen de afectados que solicitan apoyo, firmas y altavoces para que su reivindicación prohibitiva encuentre camino. Hay que prohibirlo, aseguran.

 Y los primeros en esa lista, son los dueños de perritos miedosos, incapaces de procurarles consuelo a sus peluditos y que sufren enormemente ante los arranques de pánico de su mascota, a la que quieren mucho, muchísimo. Y no encuentran otra forma de darle consuelo al animal, más que tratando de prohibirle al resto del mundo un espectáculo que atrae masas, y que por algo será.

  Yo siempre he tenido perros, y jamás ninguno de ellos entró en pánico por un petardo. Y es porque son animales educados y equilibrados que tienen un referente Alfa claro y definido. Y cuando ese referente actúa con calma y los tranquiliza, los perros no sufren estrés alguno. El problema es haber maltratado al perro (maltratado, sí) tratándolo como a un humano al que colman de mimos, cariñitos y atenciones usurpándole de ese modo lo más básico para un cánido: su instinto natural.

  Y es que el perro, como lobo que es, vive en una manada con una jerarquía estricta donde el macho y hembra alfa, por igual, se sitúan en la cúspide, y el resto de miembros va desescalando en importancia pero ocupando su papel. Pero los referentes son los Alfas. Y cuando un perro tiene un Alfa claro, no se desequilibra. Es cuando lo mimas, lo consientes y lo tratas como a una cría de primate cundo se desestabiliza, porque llega a creerse que él es el alfa, y cuando una situación sale de su control, sencillamente entra en pánico porque no sabe gestionarla y se pierde en un miedo atroz.

  Cuando un petardo estalla, mi perro me mira. Y si me ve tranquilo, más tranquilo se queda él. Sabe que su Alfa está ahí y lo protege. Nada puede pasarle. Y darle esa confianza y seguridad al perro es lo que todo amo debe hacer, y se consigue con educación, no con mimos ni con el pienso más caro de la tienda de animales.

 Tu perro no se vuelve loco de miedo porque sus oídos sean muy sensibles, no te engañes . Asustarse por causas anatómicas no es una condición del perro, sino un déficit de una educación que no has sabido darle . De modo que no busques culpables. La culpa no es de los petardos ni de quienes los tiran. Es tuya por no haberle sabido dar a tu perro otra cosa que mimos, privándole de su natural estabilidad de manada. Si tanto quieres a tu perro, no le prohíbas a la sociedad que haga lo que les gusta. Aplícate y aprende a darle a tu perro lo que de verdad necesita, en lugar que el resto del mundo te haga ese trabajo a base de airadas quejas y prohibiciones.

 Harina de otro costal son las personas con patologías especiales. Sabemos que el espectro autista es muy incompatible con la pirotecnia, y ahí sí que hay que saber escuchar y remediar. Y sacrificar, o limitar, o programar con exquisitez. Ahí sí que es la sociedad en su conjunto la que debe comprometerse en procurarles a sus miembros más vulnerables la mejor de las soluciones, y si la única es sacrificar la fiesta, pues esa habrá de ser. Desconozco porque no soy médico, qué medidas pueden tomarse para atenuar ese sufrimiento y habría que darle voz a una comunidad científica para que nos asesore y tomar la mejor medida. Yo estoy más que dispuesto a escucharles.


viernes, 30 de diciembre de 2022

amigos. que corra el aire

 Soy un varón heterosexual blanco de 55 años y una educación judeocristiana. Y en los tiempos que corren, eso me hace merecedor de una montaña de prejuicios que hablan de mí antes de que yo abra la boca. Soy consciente, y trato de que me afecte lo menos posible. Pero hoy...hoy se ha traspasado una línea roja que no voy a ceder a ningún buenista progre.

 Tengo amigos. Pocos, pero alguno tengo. (mis enemigos son más numerosos, pero eso es otra historia).

 Y de esos amigos, unos más y otros menos. y de los que más, algunos son casi hermanos. De esas personas que por vivencia, tiempo, cercanía o lo que fuera o fuese, la vida los ha convertido en una segunda capa de piel. Y poco importa lo cercanos o lejanos que estemos en intereses intelectuales, materiales o agropecuarios. Son parte de mi vida, y yo de la suya en las distancias cortas. De los que cuando tienes un problema, o una alegría, se afligen o se congratulan contigo, según proceda.

 De esos a los que una llamada les hace involucrarse y que cuando no pueden cogerte el teléfono, te devuelven la llamada tan pronto pueden para cerciorarse de que estás bien y que si no lo estás, buscan la forma de hacerte sentir mejor. Todos tenemos a alguno de esos. Son pocos, pero ahí están.

 Y hoy, una mente desnortada, me cuestionó esas amistades. Insinuando que quizás, detrás de esa amistad existía un vínculo que iba más allá y que quizás yo no reconocía por prejuicios o educación. Hablando en plata: que esos amigos profundos eran la encarnación de un impulso homosexual que me negaba a reconocer, y que esa negación no era más que un reflejo de una innata homofobia latente y no reconocida.

  La verdad es que me sentí insultado.

 No soy homófobo. No tengo nada en contra de la homosexualidad ni contra quienes la consideran una opción de vida. Pero es que simplemente soy hetero y cuando quiero a un amigo de mi mismo sexo, es porque su presencia en mi vida va mucho más allá de cualquier connotación lúbrica. Es mi camarada, es mi colega, mi compadre, mi pana....y no siento ninguna necesidad de carnalizar esa relación en ninguna forma de manifestación ni práctica sexual. Es tan difícil de entender??? Para congeniar, divertirme, disfrutar o compartir con otro hombre tengo acaso que verme obligado a sentir algún impulso sexual hacia él????...estamos locos????

 Cierta progresía nos ha prohibido ser lo que somos y manifestarnos como somos si la etiqueta no les complace. A insultarnos como homófobos si no admitimos sus dogmas. A definirnos en cosas que no admiten sus definiciones ad hoc.

 Pues esa es la linea roja que no les voy a permitir.

 Adoro a mis amigos sin necesidad de querer verlos en bolas ni desear sus cuerpos. Solo quiero que sean quienes son para mi vida y para la suya. Y que cada uno colme sus impulsos como mejor le venga. A mí eso no me importa.