jueves, 2 de julio de 2020

LEARNING

Ya tengo una edad respetable. Medio siglo y algo más dan para mucho, y por más zoquete que seas o por poco dotado que estuvieras para el aprendizaje, los años acumulan experiencia, y la experiencia es conocimiento. Y a día de hoy, los conocimientos académicos, técnicos y teóricos que estudié durante mi vida no parecen tener una gran relevancia frente a los conocimientos fortuitos que los años me han ido imponiendo.

 Algo tengo claro: Tú no manejas tu vida, ni tu tiempo. El tiempo es un enigma, ninguno de nosotros puede saber cuando le llegará su hora, pero todos y cada uno de nosotros confiamos en que eso es algo que está lejano. Y en base a eso, nos trazamos metas, objetivos y planes a largo plazo. Nos emperramos con ahinco en lograr cosas y en base a ello centramos nuestra actividad, esfuerzos, dinero y sobre todo, ese tiempo que gastamos como si fuera gratis.

Y aquí viene lo peor: nada de lo que te propongas llegará a buen término si no es lo que estaba escrito para ti. No importa cuanto te empeñes; si la vida no quiere que vayas por un camino, no irás. Por más que lo intentes.

 A mi edad, creo que nada de lo que programé, soñé o intenté se ha cumplido. Siempre aparecía un tirabuzón con doble mortal hacia atrás que destrozaba mis planes y el camino recorrido. Mi plan de vida pensado, meditado y programado se ha ido desmoronando con los años bloque a bloque. Porque si la vida no quería, yo no iba a salirme con la mia.

 Y ya talludito, me fabriqué otro objetivo, pero de nuevo, se desploma ante mis narices, haga lo que haga. Y estoy seguro de que si algún día alguno de mis planes apunta maneras de llegar a realizarse, el día antes un infarto me dejará seco, pero el caso es que no se cumplirá.

 Por eso será mejor no volverse a trazar ningún plan. Dejarse llevar por la marea, y quizás así algún día uno descubra el propósito de todo esto. Por casualidad. Como una revelación tardía.. Y en ese momento, y sin que sirva de nada, entenderás todo. Los porqués y los porqué no. Y tampoco servirá de mucho, sólo para satisfacer la curiosidad y el desencanto.

 Y por lo que a mí particularmente respecta, sólo tengo una certeza: pase lo que pase al final, lo viviré solo. Porque ese sí que parece ser mi destino escrito. Mirar a las estrellas y que ningunos ojos, más que los mios, acompañen mi mirada. Espero que me quede el tiempo suficiente para asimilarlo, aceptarlo y lograr que me guste. Porque no habrá otra cosa.

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

Amado Nervo

miércoles, 6 de mayo de 2020

cansancio y aprendizaje epidemiológico


Qué cansancio el pandémico. Aunque más que cansancio, creo que ya es puro aburrimiento. Y no me refiero al aburrimiento propio del confinamiento y la clausura de todo un sistema de vida basado en la calle. Es un aburrimiento mental y emocional.

 Me aburre enormemente el continuo debate en informativos, redes y medios en general acerca de lo apropiado o errático de las medidas adoptadas. Detractores del gobierno, defensores, cifras, datos, argumentos a favor, en contra y todo lo contrario. Cada uno con su cadaunada elabora una teoría afín a su manera de ser y de pensar y, en la mayoría de los casos solamente con visceralidad y ganas, pero sin conocimiento sustentable . Cansa tanto cuñadismo, de verdad. Hasta el mio me cansa.
 Todos opinamos sobre cualquier minuncia y la convertimos en un campo de batalla. Que si los horarios, que si la desescalada, que si las mascarillas, que si las multas, que si cacerolada a favor de algo o cacerolada en contra de lo mismo. Que si aplaudimos a los sanitarios, que si los echamos de los edificios, que si la economía, que si las ayudas, que si los impuestos, que si los gandules… ABURRIMIENTO.

 Un hedonista como yo ahora se deja de cálculos y razones y solo piensa en meterse en un avión a la primera oportunidad para perder de vista un paisaje más que saturado de cotidianidad y alejarse todo lo posible de una rutina forzosa que solo va a calmarse cambiando de aires, de territorio, de gentes y de hábitos adquiridos a desgana.

 Quiero oir otros idiomas, otros debates, comprar en tiendas con productos desconocidos y sobre todo, dejar atrás la tan previsible y mermada actividad social que nos espera después de esto. Pero para eso todavía queda mucho. Demasiado. Aún nos quedan meses en los que la pandemia y sus satélites van a seguir monopolizando debates, tertulias y conversaciones casuales. Se van a suceder los “ telodijes”  al mismo ritmo que los “quienloibaaimaginar”. Y nos meteremos de cabeza en un bucle que solo de imaginarlo se me hace insoportable.

Pero habrá que ponerse en clave positiva para no perecer de inanición emocional y tratar de extraer como sea algún aprendizaje que consuele tanto tiempo perdido. Y sí, algo he aprendido, y es lo que normalmente se aprende tras una gran crisis, del tipo que sea. Y es que al final el mayor sustento vital para cada persona no se halla en las masas, ni en la globalidad ni en la todopoderosa tecnología unificadora, sino en pequeños círculos cerrados que constituyen nuestra única forma de sobrevivir: nuestra gente, nuestros sueños, nuestro mundo más cercano e íntimo, que es lo que a la larga nos ha hecho la única compañía en todo este despropósito.

 Es maravilloso darnos cuenta de cuantas cosas podemos prescindir. Y de cuantas gentes. Y de cuantos caprichos para que al final la criba nos lleve justo a lo que no  creíamos tan importante, ni tan vital ni tan imprescindible, pero que ahora se revelan como los pilares fundamentales que habíamos sustituido por becerros de oro. Que la salud de los tuyos te preocupa y te conmueve más que cualquier objeto, por preciado que sea.. Que una voz familiar, la alegría de un encuentro fortuito, la compañía de quien echabas de más acabe por  erigirse en  faro de tu vida cuando le habías bajado la llama seducido por las lentejuelas de la vanidad y la satisfacción fugaz que proporciona un ego satisfecho a golpe de autocomplacencia.

Y es que ahora no hay deseos de seducir a nada ni a nadie para reafirmarnos. Solo hay deseos de conservar lo que nos alimenta, cuidarlo, mimarlo y protegerlo. Y no es otra cosa que el calor de los tuyos, que es lo que a cada uno nos ha salvado. Al menos a mí.

 Estoy en deuda con quienes me han dicho buenos días y buenas noches durante todos y cada uno de los días de este infierno. Y no pienso olvidarlo. He aprendido que la lealtad se gana y se cultiva. Y que solo ella nos salva del frío y oscuro languidecer del alma.

 Gracias, pandemia. Porque ahora sé a quien necesito, y cuanto.

lunes, 13 de abril de 2020

UNA DE PANDEMIAS

Llevo un mes de confinamiento. Como todos.
Y estoy harto. Como todos.

 Sé que mi situación es privilegiada. Vivo en una comunidad con poca incidencia. Vivo en una casa grande, terrera, en el campo. Y puedo salir a pasear al perro suelto para que corra por un bosque donde no encuentro a nadie. Respiro aire puro varias veces al día, tengo recursos para garantizar el suministro de alimentos y servicios.... También tengo problemas y apuros, pero seguramente mucho menores que los de otra gente.
  Pero aún así, me siento mal. Triste, desconsolado y solo. Muy solo. Y avergonzado, muy avergonzado.
  No soy virólogo, ni epidemiólogo, ni médico. Mi opinión solo puede basarse en los recortes que recojo de aquí y de allá. Y al final, ante tanta contradicción de las voces autorizadas, solo puedo pensar que lo que opino no es más que lo que quiero pensar, sin base ni raiz.
 Mi pensamiento político tampoco me sirve. Hoy por hoy están todos tan despistados que no me dan un maldito punto de apoyo para sustentar una teoría. Hoy no soy de izquierdas ni de derechas; solo soy un pringao despistado que elucubra en base a un instinto desprovisto de toda validez científica.

 Pero estoy harto. Y triste. Y desconsolado. Y solo. Y avergonzado.

 Me avergüenza no tener un referente. Me avergüenza que quien nos gobierna ande errático y sin soluciones. Y que quien les controla no tenga nada mejor que ofrecer.
 Me inquieta vivir en un país que se jacta de aplaudir en los balcones, pero que a una cajera de supermercado sus vecinos le dejen una nota en la puerta de su piso pidiéndole que se vaya a vivir a otro sitio, no vaya a ser que los contagie.
 Me desorienta que balcones que se erigieron en símbolo de empatía y aplausos y reconocimiento y agradecimiento, acaben siendo una plataforma de chivatos que acusan, denuncian y condenan.

 Me lamento de que la desobediencia sea hoy por hoy la menos mala de las opciones. Porque no soporto ver a 300 tíos en una gran superficie arriesgando al máximo amparados en el aprovisionamento de alimentos a la vez que esos mismos 300 fustigan y linchan socialmente a un pobre diablo que pasea a su perro por un descampado. O a un orate que se da un solitario paseo por una playa. O a un padre que saca a su hijo autista a dar una vuelta para que no se dañe enclaustrado. O a un hijo que alivia a sus incapacitados padres con un paseo de aire fresco.

 Me cansa pelearme con todo el mundo. Me cansa que hayan tantos jueces. Me cansa que una chica en la radio relate amargamente cómo su abuela murió sola en un hospital después de cuatro años sin verla y ahora no pueda soportar la idea de la soledad de la pobre anciana en su lecho de muerte, cuando en su lecho de vida no encontró tiempo para visitarla, y mucho menos asistirla.

 Me cansa que me llamen irresponsable cuando llevo 2 años de mi vida dando toda mi energía por aquello que otros, desde su púlpito, jamás consideraron esforzarse.
 Y me cansa que suene el himno para que nos creamos lo que no somos. Para que tape nuestras vergüenzas.

 Me irrita la condición humana, siempre tan egoísta. Tan parcial. Tan mezquina.
 Me irrito a mí mismo, por hacer que mis problemas y mi agotamiento no me dejen disfrutar de mis privilegios, que los tengo.

 Solo quiero que esto acabe. Que volvamos al placebo en el que cada uno está encantado de conocerse. En el que una situación de esta gravedad no te haga cuestionarte como ser humano, ni cuestionar a tus vecinos.
 Quiero volver a la frivolidad de las cañas de un bar, opinando sin criterio, a la codicia de los especuladores de bolsa, a las ansias de poder de los políticos, a la avaricia de los empresarios, al "te lo dije" de los jubilados. Quiero volver a la misma mierda de antes, porque así, y solo así se puede hallar paz entre tanta inmundicia. Y es que tener tiempo para pensar, solo puede aniquilarnos de asco.

miércoles, 19 de febrero de 2020

LOW COST. LA CARA B.

Cuando eres isleño y vives en un peñasco demasiado alejado del mundanal ruido, el concepto "low cost", te resulta simpático a priori. Nuestra lejanía encarece tanto cada minuncia de nuestras vidas, que siempre vemos en toda oferta una oportunidad y un alivio porque, no nos engañemos, el paraiso merma cuando nos toca el bolsillo más de lo que estamos dispuestos a asumir y sobre todo, cuando ni siquiera podemos afrontarlo.
 El low cost cobra especial relevancia cuando aplica sobre algo tan fundamental como el transporte cuando éste se convierte en la diferencia entre el todo y la nada. Y esto bien podría ejemplificarse en las compañías aéreas. Está muy bien vivir en un "paraiso" a 3000 km de los grandes problemas globales, pero eso tiene un precio, y uno de ellos es que cuando quieres salir de él, te cuesta una pasta que te cuesta sudores ganar.
 Recuerdo una época en la que, para un canario, viajar era sinónimo de holgura económica. Dado que para salir de esta jaula de oro lo más apropiado es un avión, es fácil de deducir que quien podía permitirse semejante alivio debía tener unas cuentas saneadas y a la postre, ser eso que se llama "un privilegiado". Llegar a Madrid eran como mínimo 60.000 de las antiguas pesetas y eso no estaba al alcance de todos los pejines que habitamos estas 7 desdichadas rocas.
 Pero hoy día todo eso ha cambiado. Con la liberalización del sector aéreo, aparecieron nuevas compañías que rebajaban la presión, y con la competencia, aparecieron las low cost. Hoy te vas a la península por 60€ ida y vuelta, y ese es un precio que, aliñado por las subvenciones estatales al transporte de los ultraperiféricos, cualquier adolescente lleno de acné puede permitirse si sabe administrar la paga semanal y el regalo de reyes con cierta solvencia.

  Este fin de semana he viajado con Vueling. Una low cost que no está socialmente entendida como el cutrerío de Ryan Air, pero que aplica el mismo concepto: Yo te llevo del punto A al punto B por un precio asequible, pero si quieres cualquier lujito o comodidad, te voy a sacar la sangre. Y me parece bien. Se acabó lo de facturar equipaje por la cara, lo de las comidas a bordo y las sonrisas de la tripulación aunque seas un pelmazo. Si quieres privilegios, te los financias aparte. Correcto. Y sin darnos cuenta, se revierte el concepto low cost, porque a la larga, tú crees que la low cost es la compañía, pero lo que en realidad está ocurriendo es que tú te conviertes en un cliente low cost.

 Antes tu carísimo billete de iberia incluía un mundo de conceptos que ahora no aplican (facturación, comidas, atención), y te costaba una pasta gansa. Ahora en estas nuevas compañías, tú te curras la tarjeta de embarque, el check in, te ves obligado a llevar una absurda maletita de cabina y el personal te trata como a agua sucia. Vas en aviones optimizados hasta el punto de que no puedes ni reclinar los asientos, y si te gusta ir en ventanilla, lo pagas aparte.

 Pero amigos, hay gente que no lo asimila, y sin saberlo se convierten en clientes low cost profesionales. Gente que pagando 60€ por un billete, se creen con derecho a ser tratados como la reina de Saba en una recepción con el embajador. Y ellos lo saben. Y el personal de la compañía, también lo sabe. Personal que acaba quemado de lidiar con pelmazos que se quejan por todo olvidando que viajan a precios de risa y profesionales de la reclamación y la lloradera a ver si el viaje les acaba saliendo gratis.
 Comprendo y compadezco a los trabajadores de estas low cost. Si su vocación eran el servicio y la atención, acaban siendo esclavos de una manada de energúmenos que les amargan la jornada y endureciendo su corazón dejándolo sin empatía, sin ganas y con diversas taras psicológicas.

 Si sabes que tu billete ha salido barato porque no te van a dejar hacer lo que te de la gana, ¿porqué te empeñas en saltarte todas esas normas que te han permitido viajar sin apurar el bolsillo?????. Las normas están claras y explicadas, y si las comprendes, ya sabes lo que debes hacer: si dice que "un bulto de cabina y un bolso de mano", ¿para qué cojones llevas dieciocho bolsas intentando disimular???....si dice que elegir asiento cuesta dinero, ¿para qué huevos te pones plasta si no te gusta el asiento del medio que te ha tocado en el culo del avión?. Si querías embarcar el primero y ponerte donde te diera la gana, ¿para qué escogiste la tarifa más barata?...

  Al final, eso acaba siendo un enjambre de insatisfechas plañideras y la tripulación una desganada masa laboral que acaba perdiendo la paciencia y la compostura ante tanto cretino suelto. Se acabaron la risas, el placer del viaje y las ganas de agradar. Porque no nos engañemos: el concepto de compañía low cost puede ser perverso para el cliente, pero cuando el cliente se convierte en un cliente low cost, la única alternativa es el infierno.

 Me gustan las compañías low cost. Si pudiera permitírmelo, viajaría siempre en compañías que no lo fueran, pero como no puedo, lo mejor que puedo hacer es acatar las normas y molestar lo menos posible con mis tonterías si a cambio puedo darle un abrazo a mi amigo Jordi por 60 miserables euros y sin provocar que una pobre azafata acabe hasta los ovarios de mi narcisista forma de entender mi ego.

 Y dicho esto, Me ha gustado el servicio, los aviones y la atención de vueling. Espero haberles gustado yo a ellos. Y si no tampoco pasa nada, porque en cuanto tuviera pasta, los dejaría botados por cualquier carísima compañía que me permitiera ejercer de cliente VIP.

martes, 22 de octubre de 2019

independentismo Vs unionismo. Mi sesgada visión


El “problema” catalán. Independentismo Vs Unionismo…

Antes que nada, tengo que trazar una linea roja: no soy nacionalista. Y eso condicionará todo mi parecer.

 Nací y me crié en el seno de una familia canaria acomodada. Soy canario. Profundamente. Y esa condición, me hace acreedor de otra identidad: soy español. Hasta la médula. Y tuve la suerte de vivir 17 años en Cataluna. Eso no me da galones de ningún tipo, pero sí criterio propio con lo que está pasando.

 Despues de 17 años creciéndo y educándome en un peñasco canario, mi identidad estaba más que construida. Soy canario, descendiente de los nobles guanches, tengo un patrimonio cultural diferenciado y definido. Mi patria chica me sublima y me enorgullece. Soy de una generación educada en la creencia de que los menceyes y guanartemes guanches eran el sumuns de la dignidad; que preferíamos morir riscándonos de un roque antes que sucumbir ante el invasor español. Me mamé la “cantata del mencey loco”. Oí a Taburiente, y siempre vi a los peninsulares como una especie de abusadores con una pronunciación agresiva que trataban de convencerme de mi “minusvalía” cultural y geográfica ante su poderío histórico y supremacista. Unos “godos” despreciables en todo sentido.

 Y resulta que a los 17 años me voy a estudiar y vivir en Barcelona. Y lo que pretendía ser una estancia limitada a 5-6 años, se convirtió en un modus vivendi que se prolongaría durante 17 años más.

 Llegué a Cataluña pensando que el catalán era como el latín; una lengua muerta que no usaba nadie, pero la realidad me dio la primera bofetada. Mis primeras experiencias fueron que el catalán era una lengua viva, usada y prevalente. Y eso no me supuso mayor problema. El catalan, para un castellanoparlante, es una lengua muy sencilla de asimilar. Cualquier estudiante medio que en 2 de bup se hubiera leido el poema de mio Cid no debería de tener problemas para entender a un catalán que le hablara despacito. En un par de meses lo entendía todo perfectamente, y en un par más, podía hablarlo sin ser Salvador Espríu, pero con cierta dignidad.

Mi formación más importante se dio en colegios y universidades catalanas, y el idioma jamás me supuso un problema o una desventaja. Mis amigos de esa época son de los mejores que conservo; catalanes de pura cepa que me acogieron con la cortesía y educación que se le supone a las gentes de bien. Me cuidaron, mimaron y ayudaron en todo lo que necesité. Hoy día, mi amigo Jordi (no podía llamarse de otra manera), es de los seres vivos a quien más adoro en el mundo.

 También es verdad que yo no puse problemas. Estaba en tierra extraña y te adaptas o mueres. Y yo supe adaptarme, y los que me acogieron, me lo pusieron muy fácil. Aún recuerdo recriminar a mis amigos catalanes que me hablaran en castellano, cuando yo lo que quería y necesitaba es que me forzaran a hablar en su lengua, pero no había manera. Siempre intentaban agradarme y acogerme hablando en un castellano que se notaba que les salía con dificultad y haciendo un esfuerzo.

 Pero es cierto que aprendí que su cortesía también encerraba una especie de condescendencia que me indicaban que nunca me vieron como a un igual. Ellos también tenían su historia, sus mártires, su idiosincrasia y su supremacismo. Se creían “el pueblo elegido por Dios”, como los canarios nos creíamos el pueblo elegido por Alcorac. Adoraban sus costumbres, LENGUA y tradiciones, y en base e ello obraban. Quizás la diferencia es que tenían un puntillo soberbio en el que se consideraban por encima de los demás pueblos peninsulares. No en vano, cataluña siempre ha sido una de las regiones más prósperas y  punteras de la piel de toro. Sí, creían ser más europeos que nadie, más emprendedores que nadie, más trabajadores que nadie….era su legado y su creencia, y ¿Quién puede rebatírselo si es la pura verdad?

De ser catalán, lo reconozco, pensaría igual que ellos. Pero no era catalán, y tuve la suerte de comparar dos mundos diferentes desde una equidistancia en ocasiones difícil de asimilar.

 Recuerdo a mi adorado Jordi tratando de explicarme que el catalan “no es ni mejor ni peor que el español, pero es diferente”. A mi siempre me crujió el argumento. Porque yo soy diferente a un madrileño, a un andaluz o a un gallego. Pero eso no me causa ninguna contradicción con mi condición de español. Y por supuesto, cuando alguien se empeña en resaltar su diferencia, lo que está haciendo es compararse por arriba. Nadie insiste en señalar diferencias que le colocan por debajo. Las diferencias están para auparte, no para enterrarte. Y por eso lo de la “diferencia”, aunque estuviera edulcorada por el “ni mejor ni peor”, a mí siempre me sonó a supremacismo puro y duro.

 Pero es que es normal. Los canarios, siempre dispuestos a reirnos de un tercero, siempre hemos considerado al foráneo como a un pardillo que no es capaz de captar nuestra retranca ni entender nuestra mar de fondo. Pues amigos, a ellos les pasa igual.

 Pero vivir entre catalanes, hablar su lengua y comprender sus motivos me enseñó muchas cosas que por una parte cuestionaban mi orgullo isleño a la vez que me enseñaban a entender los “disparates” de mis anfitriones.

 Recuerdo a un profesor que tuve en 4 de EGB. Un cura godo que se empeñaba en decirnos que el acento y el habla canaria era la fuente de toda la torpeza gramática nuestra. Que el pronunciar la s, la c y la z de igual forma nos convertía en torrentes de disparates ortográficos, y por ello, quiso que toda la clase aprendiera a pronunciar en godo, forzándonos a hacer ejercicios bucales para llegar a una pronunciación correcta. Un claro ejemplo del godo colonialista incapaz de entender que el español que se habla en canarias es más representativo en sudamérica, las antillas, andalucía, galicia o la propia cataluña que el que se habla en el mismo centro de valladolid. Y que a los canarios nos molesta lo indecible que un peninsular venga a decirnos “que hablais mal” simplemente porque tenemos nuestra propia forma de adaptar el castellano a nuestra historia y nuestros ancestros. Que para nosotros, decir “vosotros” es algo que nos desgarra el alma y se nos muere un baifo. Pero no, creo que nunca lo entendió.

 Y colegas, eso les pasa a los catalanes. Personas para las que el catalán es su lengua materna no pueden dejar de sentirse ofendidos cuando cualquier castellanoparlante les EXIGE que hablen castellano en su presencia, y que el uso del catalán es una ofensa y una falta de educación.

 ¿Se imaginan ustedes que alguien les exigiera que cuando hubiera un peninsular delante tuvieran que pronunciar las C y la Z a lo godo para no ofenderle?. Pues es lo mismo.  Mis amigos catalanes, acostumbrados a hablar entre ellos en catalán, encuentran muy difícil mantener una conversación en castellano cuando hablan entre ellos cuando hay un castellanoparlante en la sala. Y no es falta de educación. Es lo normal.

 Tengo la suerte de tener amigos extranjeros que me visitan en canarias. Mi propia ex pareja no habla castellano, solo inglés, y cuando la he llevado a compartir con mis amigos canarios, todos se esfuerzan por hablarle en inglés, pero cuando tienen que dirigirse a mí, lo hacen en español con acentazo canario, sin caer en la cuente de que ella no se está enterando. Sin embargo, no son capaces de aplicar esa norma cuando están en cataluña y sus amigos catalanes hablan entre ellos catalán, que es su forma natural de comunicarse, y se ofenden soberanamente aludiendo a una falta de educación que no es tal. Sinceramente: en 17 años jamás me encontré a un catalán que no me hablara en castellano si le reclamaba que lo hiciera. Pero muy mal hablaría de mi si tratara de forzar a personas acostumbradas a hablarse en su idioma, a que cambiaran al castellano por mi excelsa presencia. Que no. Que hay mucho españolazo que llega a cataluña exigiendo que le hablen en el idioma del imperio, igual que hay mucho godo que llega a canarias esperando que le pronuncien la Z del fondo de Zamora. Y como en toda circunstancia de la vida, “allá donde fueres, haz lo que vieres”, y si te toca estarte un rato callado porque no entiendes a tus anfitriones, pues te la mamas y esperas hasta que puedas entrar en el debate de la forma que sea.

 Nadie espera que en londres le hablen español por derecho divino. Lo que no sé es porqué sí esperan que en Cataluña lo hagan, amparados bajo el manto de “estamos en españa y a mi me hablas en español”, irrespetando las costumbres y la lengua de unas gentes que lo único que hacen es expresarse en su lengua materna en el territorio que habitan.

 Y dejando estos detalles, también tengo algo que reprocharle a la sociedad catalana que me adoptó y acogió. Y el reproche no es otro que el haber sucumbido, más allá de sus derechos, a unos políticos de ideología nacionalista que les hicieron creerse la musa de todas las artes. Que les adoctrinaron con mentiras supremacistas y se las creyeron, como yo me creía la nobleza guanche. Que ser catalán no es ser mejor que nadie, como no lo es ser de cualquier otra parte. Que el nacionalismo fanatiza e idiotiza. Que el adoctrinamiento es peligroso y que al cabo de los años, eso se esté visualizando de una forma tan cruenta como lo está siendo ahora.

 El catalán de los 80 ha sucumbido a la TV3, a los libros de historia a la carta y ante el sentimiento de agravio que los políticos sin escrúpulos les han hecho crecer en el corazón. Que los de “espanya en roba” tiene su antagonismo en “Pujol es qui robaba”. Que no son mejores – ni peores- que nadie, y que si quieren escindirse, tendrán que hacerlo con el consenso de todos los que integramos esta nación (la española). Que yo en Barcelona me siento en casa, del mismo modo que espero que un catalán en canarias se sienta en la suya, y que me revolveré ante la idea de que quieran excluirme y ante la idea de que quieran excluirlos.

 Y vuelvo y digo: no siento un especial orgullo por ser canario. Tampoco por ser español. Que en cuanto pueda, pondré las patas fuera de este cainita e ignorante país. Pero incluso cuando pueda irme, querré la mejor de las bendiciones por todos los habitantes de la piel de toro. Porque mis compatriotas, a la postre, son mis vecinos, mis amigos y mi familia. Y que mi patria estará allá donde cuelgue mi sombrero.

jueves, 10 de octubre de 2019

¿porqué Bangkok?

Este texto no es mío.
 Es de un añorado amigo fallecido que vivió unos cuantos años en Bangkok. Nos conocimos por la red y luego en persona en la ciudad de los ángeles. Y fue él mi mentor y quien me abrió el camino para conocer la megalópolis más fascinante del mundo. Me hubiera gustado ser yo el autor de este texto, porque me inspiró y fue el aliciente que necesité para lanzarme a una aventura que ya se prolonga por una década varias veces al año.
 Que lo disfruten y les inspire tanto como me inspiró a mí:

PORQUÉ VIVO EN BANGKOK?

Color. Una de las cosas que hago cuando me encuentro de bajón es pillar un taxi y pedirle que me lleve hacia las afueras. Ver las zonas de Bangkok, los regadíos, los canales, la gigantesca cantidad de pequeños comercios, las personas vendiendo, ofreciendo, caminando, trabajando, los anaranjados monjes, los conductores de moto-taxis en con sus libreas coloradas, las turistas nórdicas con su tez pálida y su melena amarilla entre los indios negros de pelo oscuro, por los puestos callejeros en los que se venden mil abalorios colgando mostrando su mejor aspecto. Ver las palmeras verdes refulgir con el sol. Ver la vida fluir es sensacional.
 
Cosmopolita. Personas de absolutamente todos los lugares, oriente y occidente, se juntan aquí. Ir a celebrar el año nuevo a Khao San Road es una experiencia que hay que hacer al menos una vez en la vida. Ver a toda esa gente, de todos los países de Asia y occidente, convergiendo en esa calle, contando hacia atrás los segundos al unísono -cada uno con su marcado acento del inglés- es algo que realmente distorsiona la realidad. Allí y en ese momento estás en un lugar absolutamente distinto y percibiendo que esa atmósfera es compartida por todos. En zonas empresariales, pasar por los edificios de multinacionales de la ciudad y ver salir a los oscuros hindúes enfundados en su trajes con corbata hablando con mujeres asiáticas de aspecto corporativo a la vez que pasan los tuk-tuks al lado de su lujoso coche es un contrapunto brutal frente a una ciudad española. O meterte en un pub en donde las chinas de nueva generación, a las que ya no les falta ningún dinero, bailan sin complejos contra el proyector con esa especie de guantes de dedos cortados y un pequeño sombrero negro estilo Chicago años 30 mientras cerca un grupo de nórdicos intentan sacar algún rédito de las horas invertidas en el gimnasio con ellas. Por las calles, hombres vestidos de blanco, musulmanas totalmente de negro, se mezclan con los residentes australianos y europeos y los propios tailandeses que viven en la zona o trabajan allí. Mientras estás contemplando la escena, un iraquí para su scooter a tu lado y te dice que si quieres contratar un viaje en su nuevo negocio -que se llama como la cadena de televisión, al-jazeera-. No sé si se puede ir más allá que esto, pero a mi me fascina.
 
Tecnológico. Cuando sacaron el iPad y me comentaron desde España que "ya habían visto uno de exposición en la Fnac" a mí me sorprendió: aquí ya se estaban vendiendo (en el MBK para ser exactos). ¿Que no se distribuye fuera de Estados Unidos? Bueno, esto es Tailandia, casi todo es posible aquí.
 
Comida. Y no sólo me refiero a la comida tailandesa, sino el cuidado con el que lo hacen todo. La cocina es una religión aquí. Y es barata. Comer ternera de forma muy similar a la zorza o raxo en Galicia -que tanto echaba de menos-, no tenía precio. Ahora sí: unos 90 céntimos de euro. Los calamares tal como los preparan aquí, el arroz pegajoso del norte de Tailandia, sus ensaladas... Y por qué no, si te apetece, pasarte por el supermercado y hacerte un bocadillo de chorizo o jamón serrano con un pan que sólo es comparable al de Galicia hace 15 años (aquí en muchas cosas aún no han entrado todavía en la elaboración industrial). En medio de este cruce cultural puedes comer en restaurantes de muchos estilos sin tener que pasar por el cajero. Cuando en España dices "Esta noche vamos a comer a un hindú" normalmente se traduce como "vamos a pagar un pastón por tomar unos platos de degustación". Y si dices "voy a comer a un vietnamita" normalmente quiere decir "voy a pagar otro pastón por ir a comer a un restaurante de chinos que realmente no conocen muchos platos comunes en Vietnam a no ser que vengan directamente en la carta". Aquí ir a comer a un vietnamita o a un hindú significa exactamente eso. No tienes que pedir el pago a plazos al pedir la cuenta: tienen que competir con los tailandeses, en calidad y precio.
 
Chicas. Chicas espectaculares con las que puedes hablar, bromear y sin el increíble ego de las mujeres españolas. Como en todos los lados, hay de todo, pero es un mundo de diferencia entre España y Tailandia. Y quien quiera que tire piedras o cañonazos, pero sentirse atraído por mujeres esculturales de piel aterciopelada y una actitud dulce es parte de la prerrogativa biológica. No es posible enfatizar esto lo suficiente.
 
Una cultura diferente. Sumergirte en una forma distinta de comprender la vida, en un nuevo idioma -que refleja una nueva manera de estructurar pensamientos-, todo ello entre personas que agradecen de verdad ese esfuerzo, te ayudan y responden a él positivamente es simplemente sensacional.
 
Estilo de vida. Levantarte. Tomar un café. Ir al gimnasio que está en la 8ª planta (y que las personas de mantenimiento tienen como los chorros del oro) lejos de los abarrotados gimnasios españoles. O ir a nadar un rato a la piscina en la mismo piso. Trabajar en días luminosos. Comer en uno de los muchísimos y deliciosos puestos callejeros. Al terminar, si estás cansado, pasar a que te den un masaje. Llegar a tu casa que te espera limpia (contratar a alguien para que limpie aquí es muy barato - mucha gente de clase media tiene directamente criada 24 horas-). Pensar en qué quieres hacer entre las mil y una ofertas que tiene esta ciudad -de todos los tipos y precios-. O estar en el piso de tu condominio con todo lo necesario (tienda 24h, seguridad 24h, recepción 24h, etc.) O, si quieres trastear un poco con internet, llevarte el ordenador a la piscina en una tumbona en el agradable atardecer, cuando el calor intenso amaina y queda la suave iluminación y el arrullo del agua. De fondo tienes el impresionante Bangkok, con sus enormes edificios iluminados al caer la noche. Y lo más importante: hacer todo esto por menos de lo que cuesta una letra de hipoteca de un piso de segunda mano en una de las grandes ciudades españolas.
 
Más humano. Cierto, te intentarán sablear por todos los lados. Pero es que si lees el libro "Entre limones" de un británico que hace unos 40 años se vino a vivir a España, tampoco describe una situación diferente. Para lo bueno y lo malo, las cosas son más intensas, más auténticas, más viscerales. Ellos tienen sus capas de hipocresía, pero es que son en buena parte diferentes a las nuestras y eso es liberador en cierta forma.
 
Urbanismo. Algo que me llama la atención y me gusta mucho (por muy raro que parezca) es ver la complejidad y la evolución que tienen las ciudades grandes. Esa especie de de caos urbano con construcciones de diseños extraños, cambios de idea, diferentes edificios, diseños multi-nivel (Bangkok es realmente una ciudad en 3D) e incluso las escenas de decadencia urbana. Para muchos Bangkok es un vómito de hormigón y cristal en el sudeste asiático. A mi me fascina.
 
Barato. Lo puedes hacer: no tienes que quedarte desde 'la barrera' viendo las cosas. Aunque mucha gente se queja de que Bangkok es más caro de lo que pensaban -y ciertamente no es gratis, mucho menos en esta ciudad que acumula el 45% del PIB de toda Tailandia- no se paran a pensar cuanto les costaría vivir en España como lo están haciendo aquí. Y sobre todo, no comprenden que Bangkok no es Tailandia. Es una excepción y los precios fuera son totalmente distintos. Pese a eso, comprar ropa en mercados para Tailandeses, la comida, el alquiler del piso, las facturas, la calidad de vida no tiene comparación con la península. Ciertamente también hay sitios en los que gastar el dinero, pero vivir de la misma forma que en España es un orden de magnitud más barato aquí.
 
El paraíso no puede esperar. Cerca de la ciudad, o con vuelos a precio de autobús en España, puedes estar en el paraíso unos días. Y es más barato que Bangkok. De locos.
 
Son 24 horas de vida. Si un día a las 3 de la mañana no puedes dormir, baja a Sukhumvit. El clima es extremadamente agradable, han montado las mesas por las calles, personas están tomando por allí una bebida. Pídete una cerveza. Habla con las personas. 
 
Un mundo de gente fascinante. En general no te encuentras en Bangkok a personas grises con trabajos de 9-a-6 que siguen el ciclo de estudia-trabaja-reprodúcete-muérete-repite. Para bien o para mal, mucha gente que está allí está buscando algo. Y sí, hay mucha gente que va por las mujeres, por el clima o para maximizar su pensión, pero mucha gente -muchísima más que la encuentro en España- tiene algún tipo de pulsión que la lleva a estar en otra parte del mundo.
 
Vietnam está cerca. Y eso para mí es importatísimo. Si en Tailandia te encuentras gente interesante, Vietnam es una bolsa de realidad dentro de nuestro mundo. Hanoi es para mí lo más parecido a la serie "Doctor en Alaska" que haya encontrado jamás. Conocer a muchas de las personas que están construyendo/inventando su vida allí vale más que la visita al lugar en sí mismo. Queda un pedacito de esa estación de la película "Tres estaciones" todavía en Vietnam y somos afortunados de ser, posiblemente, los últimos que podamos disfrutarla.

sábado, 7 de septiembre de 2019

VIVA LA VIRGEN DEL PINO!!!

Hoy subí caminando a Teror.
Lo he hecho otras veces, pero hoy era especial porque llevé a mi octogenaria madre y sus achaques en silla de ruedas. No es que sea una proeza (apenas 12 km), pero no estaba yo muy seguro ni de mis condiciones ni de las de ella, pero decidí probar suerte. Y lo decidí in extremis, porque con ella todo tiene que ser así, sin planificar. Si cuadra, bien, y si no, pues a otra cosa. Pero como se me levantó a las 7:30 AM y pude convencerla, pues tiré para arriba sin preparativo alguno.

 Y mal hecho por mi parte. Salimos sin desayunar y sin el equipamiento adecuado. Pensé que había que aprovechar el momento y que ya el camino nos proveería de lo necesario, especialmente comida y agua. Pero fallé. En todo el camino no encontramos avituallamiento alguno, pero por suerte ella estaba animosa, y yo tuve las fuerzas necesarias de las que dudaba seriamente.

 La gente nos ayudaba muchísimo (ir tirando de una anciana en silla de ruedas genera muchas empatias), pero aún así, ella se encontró incluso con fuerzas de levantarse de la silla y caminar unos tramitos. La gente la aplaudía y animaba y ella se venía arriba, hasta que ya no podía más y volvía a su silla. LLegamos, vimos a Pinito y quedamos satisfechos.

 Pero la lección ha sido el reconocimiento y la ayuda de la gente. Tanto en mis redes como en quienes me encontraba físicamente, sólo encontré apoyo y ayuda, lo cual parece que no, pero te mete endorfinas en el cuerpo y tiras hasta contento. Y sobre todo, que no hay reto inalcanzable. Nos mueven las ganas y la motivación, y con eso somos invencibles.

 Como anécdota, haber llegado a Teror con un cortado y dos cigarrillos, en crocs con calcetines y sin ninguna parafernalia de senderista PRO. Ni bastones de aluminio retráctiles, ni calzado de cientos de euros, ni líquidos isotónicos o barritas energéticas. A pelo, como se hacía antes. Y no es que yo sea un tipo como los de antes, especialmente duro. Pero tengo 52 tacos y boberías, las justas. Trabajo pasaron los que construian muros de piedra, araban campos con una vaca famélica y doblaban el lomo recogiendo papas dos veces al año. Lo mio ha sido un paseo.

 Pero ha sido emocionante ver a la vieja venirse arriba y caminar lo que podía mientras la gente la aclamaba y aplaudía. Como emocionante ha sido ver a todas esas personas que me aplauden como hijo, cuando lo que hicimos lo haría cualquiera que quiera a su madre si tiene la oportunidad de hacerlo.

 Tal y como están las cosas, no sé si habrá otro día del Pino como este. Pero con este me basta y me sobra.

 GRACIAS MIL