miércoles, 11 de noviembre de 2020

Eutanasia, eutanasiadores y eutanasiados.

 Tema áspero. Pero tengo que tocarlo.

 De entrada, reconocer mi empatía con las personas que, por los motivos que sea, encuentran en la eutanasia una salida a un profundo padecer que es difícil de explicar, difícil de entender y demasiado farragoso y empedrado como para establecer un acuerdo. No es tan fácil ponerse en plan "ejercicio de abstracción" a elucubrar cual sería tu postura en una situación tan desgarradora y que de pensarla a padecerla hay un mundo de diferencia. Por lo tanto, me abstendré de elucubrar con el "qué haría yo en caso de...". Porque nunca lo sabré hasta que (Dios no lo quiera), lo sufra en mis carnes. Todo lo demás es un brindis al sol y hablar gratuitamente.

 Pero sí que tengo una opinión (como la tiene cualquiera), acerca de la decisión de terceros y cómo eso afecta a su entorno más cercano. Y lo que pienso no me gusta.

 Por mi situación actual, podría definirme como alguien que vela por la vida de otra persona, y que mi deber es preservarla a toda costa. Incluso, por encima de sus deseos, máxime cuando esos deseos pueden estar perturbados por una enfermedad que les merma la capacidad de razonar con la suficiente claridad. Hablando en plata: yo soy el garante de la vida de mi madre y muy a mi pesar, por encima de su opinión. Lo siento. Estoy programado para alargarle la vida, no para cercenarla, por mucho que ella quisiera lo contrario.

 Pero veo demasiada gente que trata con una ligereza pasmosa la vida de sus dependientes y que, muy a mi pesar, lo hacen por un egoismo sin parangón, basando todas sus teorías en lo cómodo o incómodo que les resulta hacerse cargo de una persona dependiente.

 Estoy harto, con todo este rollo de la pandemia, de escuchar testimonios más o menos sentidos de hijos o nietos que se lamentan profundamente de la pérdida de sus mayores en unas condiciones lamentables, sin poder verles en meses y sin poder despedirse adecuadamente. Y eso, que es algo perfectamente comprensible, empieza a sangrarme en cuanto le rascas un poquito el barniz y ves que fulanita se lamenta profundamente de la muerte en soledad de su abuela por el covid cuando en realidad llevaba meses - e incluso años - sin hacerle una visita en la residencia donde la tenía apartada y sin molestar demasiado.

 Los sentimientos de culpa por el deber incumplido son complejos, y en ocasiones escuchas testimonios justificadores que lo único de lo que te dan ganas es de largarle un bofetón a quien los profesa e instarle a que asuma, aunque sea de forma tardía, una responsabilidad eludida.

 Es incómodo y trabajoso atender a un anciano. No todo el mundo tiene la paciencia, la entereza y el aguante que conlleva tremendo desgaste. Ni yo tampoco. Y menos cuando hay taras mentales que hacen que todo sea infinitamente más difícil, porque cuando el tema es sólo físico, podrá ser difícil, pero cuando es mental, se convierte en un infierno.

 Lo que sí sé, es que esas frases tipo "para estar así mejor que Dios se lo lleve" o " no merecía la pena una calidad de vida tan mermada" o " Así deja de sufrir", no son más que lamentables y patéticas justificaciones de quien no alcanza a tener una capacidad de sacrificio demasiado firme o que su comodidad y zona de confort son el paradigma por el que se rige el mundo. Y esto podrá sonar a un "pareciérame", pero lo que si sé es que a día de hoy, yo personalmente nunca he conocido a un anciano que quisiera morirse. Muy al contrario, he tenido la (mala) suerte de ver como todos los que han estado en mi ámbito se aferraban a la vida como un clavo ardiendo, por mala o desalentadora que fuera su situación clínica. Todos ellos querían vivir, y a ninguno le vi un atisbo de "no quiero molestar, mejor morirme ya y descansar". Al revés. Lo que he visto es un apego a la vida, un rechazo a lo inevitable y un (lógico y humano) miedo a fenecer, que lo único que me inspira es cogerles de la mano y llevarlos hasta donde el tiempo y las posibilidades lleven.

 Por eso no entiendo a los eutanasistas de boquilla y teorías de baratillo que me temo que no hagan más que esconder una falta total de empatía y una manifiesta incapacidad de enfrentarse a la incomodidad de cuidar de un enfermo. Sus lágrimas de cocodrilo me ofenden e irritan, lo reconozco.

  Y dicho esto, dada mi condición de alma solitaria y sin descendencia, el día que me quiera morir, si eso ocurriera, ya encontraré la forma de dejarlo todo "atado y bien atado", como decía Paquito.

 Cuiden a sus mayores.

jueves, 22 de octubre de 2020

De cómo me convertí en Darth Vader

 

" El miedo es el camino al lado oscuro. El miedo lleva a la ira, la ira al odio y el odio lleva al sufrimiento"

   Maestro Jedi Yoda


 La literatura y la cinematografía universal están plagadas de referentes en los que se escudriña el devenir del ser humano por sentimientos poderosos derivados de la eterna confrontación entre el bien y el mal. La luz y la oscuridad. El amor y el odio.

 Podría encontrar textos más eruditos y citas de clásicos que ilustren lo que digo, pero por cercanía generacional y por huella personal, hoy me veo encarnado en la siniestra figura de Darth Vader. Un alma blanca secuestrada por el reverso tenebroso de la fuerza que muy a su pesar y sometido a un insoportable sufrimiento, se vuelve esclavo de unas pasiones que lo arrastran inevitablemente hacia el mismo destino que un día arrastró a Caín, a Lucifer, a Ulises en su odisea y a tantos otros personajes que evidencian de variadas formas lo susceptibles que somos para vernos avocados a una tenebrosa reconversión de nuestras más puras esencias.

 Desconozco si George Lucas era consciente de que sus guiones de Star wars se entrelazaban en la maraña de situaciones que rompieron las cabezas y armaron los textos de los mayores genios de la literatura humana. No sé si tenía consciencia de estar metiendo el dedo en medio de la llaga que siempre produce la transformación y el caos que se genera al confrontar la luz con las tinieblas. Pero sea como fuere, con conciencia o sin ella, dió en el clavo.

 Conmueve ver a un personaje tan atormentado como Anakin Skywalker. Y lejos  de toda vanidad, hoy no puedo más que verme identificado con una historia de la que ni Anakin ni nadie son los únicos protagonistas.

  Me veo inmerso en la pesadumbre, la soledad y el desconsuelo que produce la inmersión en el lado oscuro. Mucho más gravoso cuando, como a Anakin, el motivo de esa desazón proviene de algo tan opuesto como son el amor y la luz.

 A Anakin el amor por su madre, y posteriormente el profesado hacia su querida Amidala, le convierten finalmente es el oscuro señor de las tinieblas en el que acaba convirtiéndose.

 El miedo a la pérdida, tal y como sentencia el maestro Yoda, le llenan de ira, la ira de odio y el odio de un sufrimiento insoportable. Todo ello junto le conduce a las atrocidades contra las que siempre luchó, llevando al exterminio sin piedad  de todo un planeta, Alderaan. Y finalmente, a la pérdida de los objetos de ese amor tan intenso que le llevó al desequilibrio y la inquina.

 Hoy yo soy Darth Vader. Quiero pensar que en mi interior aún lucha por respirar la esencia de Anakin. Y quiero pensar que algún día, como le sucede al oscuro protagonista de la saga, alguien me quitará la máscara negra para que acabe aflorando el alma blanca de Anakin que nunca terminó de morir, y se produzca una reconciliación espiritual entre él y el mundo, pero sobre todo, una reconciliación consigo mismo. Las pérdidas serán irrecuperables. El sufrimiento, imborrable. Pero la esperanza de morir en paz con uno mismo no es algo que deba ni pueda perderse.

  Yo no tengo ni tendré a un Luke Skywalker que me ayude a liberarme de la siniestra máscara. Pero quizás la poderosa fuerza que sostiene y maneja el universo me tienda una mano. O el tiempo. O quizás mi adorada Koira. Pero espero morir como Anakin y no como el Darth Vader que me está consumiendo la vida.



jueves, 24 de septiembre de 2020

OTRA DE FUNCIONARI@S

 Lo siento, pero aquí va:

  Me cansa que siempre que tengo que hacerle una crítica al cuerpo funcionarial del estado, hayan cientos de personas, incluyendo amig@s e incluso gente mucho más cercana, que al pertenecer a él, se apresuran a corregirme y matizar cosas. El consabido "no son todos/as", Hay mucha gente buena, etc etc...

  Y sin ponerlo en duda, debo insistir, una vez más, en que a mi deben de tocarme todos los hijos de la grandísima puta que engrosan el tejido funcionarial. Por lo cual la estadística de gente buena y decente, siempre me resulta desfavorable. Asumiendo eso, les cuento:

 Tengo a mi cargo a mi madre. Una octogenaria con problemas físicos y mentales de la cual me ocupo a tiempo completo. Y eso requiere que tenga que arreglarle cientos de papeles con diversas administraciones, públicas y privadas. Y para ello en su día tuve que proveerme de un poder notarial general, que me costó una pasta. Con ese poder he tenido acceso a cuentas bancarias, empresas de suministros de agua, luz, telefonía, etc.. y a diversas administraciones de comunidad autónoma, ayuntamiento, etc... 

 Pero con el tema del covid, y dado que ahora parece que hay que hacerlo todo telemáticamente, he intentado hacerme con un certificado digital para manejar las operaciones de mi madre, a su nombre. Y el caso es que mi poder y los DNI de ambos son papel mojado y que tengo que llevarla físicamente a que certifiquen su identidad para poder acceder a un certificado que no va a manejar otra persona que yo. Es decir, que tengo que levantar a una octogenaria, asearla, vestirla, llevarla en coche, buscarme la vida para aparcar, etc etc etc solo para que un funcionario la vea y de luz verde a su certificado digital. Lo que nunca me han pedido en otro sitio, pero aquí sí. Y la funcionaria que me atiende, tiene el día complicado, y no le sale de su soberano coño atender mi circunstancia por más especial que sea, y entre charla y chisme con sus compañeritos de despacho, decide que mi careto no es de su agrado y que me va a poner el trámite en china. Y visto lo visto, repliego velas y me busco otra salida, que ya sé de sobras lo infructuoso que es enfrentarse a uno de estos endiosados que están tras un mostrador público.

 Como dije, tengo amigos y familiares en el cuerpo funcionarial, y ellos siempre encuentran una excusa o un motivo para justificar la actitud altanera de un "compañero". Pero por más familiares o amigos mios que sean, no pueden dejar de anteponer una actitud corporativista en la que, por alusiones, entienden que siempre deben justificar las aberraciones de uno de su calaña.

 Pues bien, vengo aquí a cagarme en la puta madre de todos ellos, incluyendo a familiares y amigos. A decir que me quedo con todas las caras, y ruego a Dios que algún día, por alguna circunstancia, cualquiera de esas caras caiga en mis manos con cierto poder de joderle el día, porque voy a hacerlo sin pestañear. Que comprendo que su cargo, ganado con el sudor de su estudio y años de oposiciones, tiene unos privilegios que comparto y aprecio (estabilidad laboral y salarial), pero que lo que no creo es que NADIE deba ganarse por aprobar unas oposiciones, la potestad de hacer el ganso y joderle la vida a otra persona simplemente porque no tiene miedo ni a represalias ni a despidos. Que esa actitud, propia de gente sin competencia, es mezquina, insolidaria y merece un castigo, por más inmunes que se sientan. Y que los detesto, incluso por encima de mis posibilidades.

 Pero ojo, que en la bajadita los espero. Y que en ocasiones, la vida da una vuelta inesperada para todos. Allí estaré.

jueves, 2 de julio de 2020

LEARNING

Ya tengo una edad respetable. Medio siglo y algo más dan para mucho, y por más zoquete que seas o por poco dotado que estuvieras para el aprendizaje, los años acumulan experiencia, y la experiencia es conocimiento. Y a día de hoy, los conocimientos académicos, técnicos y teóricos que estudié durante mi vida no parecen tener una gran relevancia frente a los conocimientos fortuitos que los años me han ido imponiendo.

 Algo tengo claro: Tú no manejas tu vida, ni tu tiempo. El tiempo es un enigma, ninguno de nosotros puede saber cuando le llegará su hora, pero todos y cada uno de nosotros confiamos en que eso es algo que está lejano. Y en base a eso, nos trazamos metas, objetivos y planes a largo plazo. Nos emperramos con ahinco en lograr cosas y en base a ello centramos nuestra actividad, esfuerzos, dinero y sobre todo, ese tiempo que gastamos como si fuera gratis.

Y aquí viene lo peor: nada de lo que te propongas llegará a buen término si no es lo que estaba escrito para ti. No importa cuanto te empeñes; si la vida no quiere que vayas por un camino, no irás. Por más que lo intentes.

 A mi edad, creo que nada de lo que programé, soñé o intenté se ha cumplido. Siempre aparecía un tirabuzón con doble mortal hacia atrás que destrozaba mis planes y el camino recorrido. Mi plan de vida pensado, meditado y programado se ha ido desmoronando con los años bloque a bloque. Porque si la vida no quería, yo no iba a salirme con la mia.

 Y ya talludito, me fabriqué otro objetivo, pero de nuevo, se desploma ante mis narices, haga lo que haga. Y estoy seguro de que si algún día alguno de mis planes apunta maneras de llegar a realizarse, el día antes un infarto me dejará seco, pero el caso es que no se cumplirá.

 Por eso será mejor no volverse a trazar ningún plan. Dejarse llevar por la marea, y quizás así algún día uno descubra el propósito de todo esto. Por casualidad. Como una revelación tardía.. Y en ese momento, y sin que sirva de nada, entenderás todo. Los porqués y los porqué no. Y tampoco servirá de mucho, sólo para satisfacer la curiosidad y el desencanto.

 Y por lo que a mí particularmente respecta, sólo tengo una certeza: pase lo que pase al final, lo viviré solo. Porque ese sí que parece ser mi destino escrito. Mirar a las estrellas y que ningunos ojos, más que los mios, acompañen mi mirada. Espero que me quede el tiempo suficiente para asimilarlo, aceptarlo y lograr que me guste. Porque no habrá otra cosa.

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

Amado Nervo

miércoles, 6 de mayo de 2020

cansancio y aprendizaje epidemiológico


Qué cansancio el pandémico. Aunque más que cansancio, creo que ya es puro aburrimiento. Y no me refiero al aburrimiento propio del confinamiento y la clausura de todo un sistema de vida basado en la calle. Es un aburrimiento mental y emocional.

 Me aburre enormemente el continuo debate en informativos, redes y medios en general acerca de lo apropiado o errático de las medidas adoptadas. Detractores del gobierno, defensores, cifras, datos, argumentos a favor, en contra y todo lo contrario. Cada uno con su cadaunada elabora una teoría afín a su manera de ser y de pensar y, en la mayoría de los casos solamente con visceralidad y ganas, pero sin conocimiento sustentable . Cansa tanto cuñadismo, de verdad. Hasta el mio me cansa.
 Todos opinamos sobre cualquier minuncia y la convertimos en un campo de batalla. Que si los horarios, que si la desescalada, que si las mascarillas, que si las multas, que si cacerolada a favor de algo o cacerolada en contra de lo mismo. Que si aplaudimos a los sanitarios, que si los echamos de los edificios, que si la economía, que si las ayudas, que si los impuestos, que si los gandules… ABURRIMIENTO.

 Un hedonista como yo ahora se deja de cálculos y razones y solo piensa en meterse en un avión a la primera oportunidad para perder de vista un paisaje más que saturado de cotidianidad y alejarse todo lo posible de una rutina forzosa que solo va a calmarse cambiando de aires, de territorio, de gentes y de hábitos adquiridos a desgana.

 Quiero oir otros idiomas, otros debates, comprar en tiendas con productos desconocidos y sobre todo, dejar atrás la tan previsible y mermada actividad social que nos espera después de esto. Pero para eso todavía queda mucho. Demasiado. Aún nos quedan meses en los que la pandemia y sus satélites van a seguir monopolizando debates, tertulias y conversaciones casuales. Se van a suceder los “ telodijes”  al mismo ritmo que los “quienloibaaimaginar”. Y nos meteremos de cabeza en un bucle que solo de imaginarlo se me hace insoportable.

Pero habrá que ponerse en clave positiva para no perecer de inanición emocional y tratar de extraer como sea algún aprendizaje que consuele tanto tiempo perdido. Y sí, algo he aprendido, y es lo que normalmente se aprende tras una gran crisis, del tipo que sea. Y es que al final el mayor sustento vital para cada persona no se halla en las masas, ni en la globalidad ni en la todopoderosa tecnología unificadora, sino en pequeños círculos cerrados que constituyen nuestra única forma de sobrevivir: nuestra gente, nuestros sueños, nuestro mundo más cercano e íntimo, que es lo que a la larga nos ha hecho la única compañía en todo este despropósito.

 Es maravilloso darnos cuenta de cuantas cosas podemos prescindir. Y de cuantas gentes. Y de cuantos caprichos para que al final la criba nos lleve justo a lo que no  creíamos tan importante, ni tan vital ni tan imprescindible, pero que ahora se revelan como los pilares fundamentales que habíamos sustituido por becerros de oro. Que la salud de los tuyos te preocupa y te conmueve más que cualquier objeto, por preciado que sea.. Que una voz familiar, la alegría de un encuentro fortuito, la compañía de quien echabas de más acabe por  erigirse en  faro de tu vida cuando le habías bajado la llama seducido por las lentejuelas de la vanidad y la satisfacción fugaz que proporciona un ego satisfecho a golpe de autocomplacencia.

Y es que ahora no hay deseos de seducir a nada ni a nadie para reafirmarnos. Solo hay deseos de conservar lo que nos alimenta, cuidarlo, mimarlo y protegerlo. Y no es otra cosa que el calor de los tuyos, que es lo que a cada uno nos ha salvado. Al menos a mí.

 Estoy en deuda con quienes me han dicho buenos días y buenas noches durante todos y cada uno de los días de este infierno. Y no pienso olvidarlo. He aprendido que la lealtad se gana y se cultiva. Y que solo ella nos salva del frío y oscuro languidecer del alma.

 Gracias, pandemia. Porque ahora sé a quien necesito, y cuanto.

lunes, 13 de abril de 2020

UNA DE PANDEMIAS

Llevo un mes de confinamiento. Como todos.
Y estoy harto. Como todos.

 Sé que mi situación es privilegiada. Vivo en una comunidad con poca incidencia. Vivo en una casa grande, terrera, en el campo. Y puedo salir a pasear al perro suelto para que corra por un bosque donde no encuentro a nadie. Respiro aire puro varias veces al día, tengo recursos para garantizar el suministro de alimentos y servicios.... También tengo problemas y apuros, pero seguramente mucho menores que los de otra gente.
  Pero aún así, me siento mal. Triste, desconsolado y solo. Muy solo. Y avergonzado, muy avergonzado.
  No soy virólogo, ni epidemiólogo, ni médico. Mi opinión solo puede basarse en los recortes que recojo de aquí y de allá. Y al final, ante tanta contradicción de las voces autorizadas, solo puedo pensar que lo que opino no es más que lo que quiero pensar, sin base ni raiz.
 Mi pensamiento político tampoco me sirve. Hoy por hoy están todos tan despistados que no me dan un maldito punto de apoyo para sustentar una teoría. Hoy no soy de izquierdas ni de derechas; solo soy un pringao despistado que elucubra en base a un instinto desprovisto de toda validez científica.

 Pero estoy harto. Y triste. Y desconsolado. Y solo. Y avergonzado.

 Me avergüenza no tener un referente. Me avergüenza que quien nos gobierna ande errático y sin soluciones. Y que quien les controla no tenga nada mejor que ofrecer.
 Me inquieta vivir en un país que se jacta de aplaudir en los balcones, pero que a una cajera de supermercado sus vecinos le dejen una nota en la puerta de su piso pidiéndole que se vaya a vivir a otro sitio, no vaya a ser que los contagie.
 Me desorienta que balcones que se erigieron en símbolo de empatía y aplausos y reconocimiento y agradecimiento, acaben siendo una plataforma de chivatos que acusan, denuncian y condenan.

 Me lamento de que la desobediencia sea hoy por hoy la menos mala de las opciones. Porque no soporto ver a 300 tíos en una gran superficie arriesgando al máximo amparados en el aprovisionamento de alimentos a la vez que esos mismos 300 fustigan y linchan socialmente a un pobre diablo que pasea a su perro por un descampado. O a un orate que se da un solitario paseo por una playa. O a un padre que saca a su hijo autista a dar una vuelta para que no se dañe enclaustrado. O a un hijo que alivia a sus incapacitados padres con un paseo de aire fresco.

 Me cansa pelearme con todo el mundo. Me cansa que hayan tantos jueces. Me cansa que una chica en la radio relate amargamente cómo su abuela murió sola en un hospital después de cuatro años sin verla y ahora no pueda soportar la idea de la soledad de la pobre anciana en su lecho de muerte, cuando en su lecho de vida no encontró tiempo para visitarla, y mucho menos asistirla.

 Me cansa que me llamen irresponsable cuando llevo 2 años de mi vida dando toda mi energía por aquello que otros, desde su púlpito, jamás consideraron esforzarse.
 Y me cansa que suene el himno para que nos creamos lo que no somos. Para que tape nuestras vergüenzas.

 Me irrita la condición humana, siempre tan egoísta. Tan parcial. Tan mezquina.
 Me irrito a mí mismo, por hacer que mis problemas y mi agotamiento no me dejen disfrutar de mis privilegios, que los tengo.

 Solo quiero que esto acabe. Que volvamos al placebo en el que cada uno está encantado de conocerse. En el que una situación de esta gravedad no te haga cuestionarte como ser humano, ni cuestionar a tus vecinos.
 Quiero volver a la frivolidad de las cañas de un bar, opinando sin criterio, a la codicia de los especuladores de bolsa, a las ansias de poder de los políticos, a la avaricia de los empresarios, al "te lo dije" de los jubilados. Quiero volver a la misma mierda de antes, porque así, y solo así se puede hallar paz entre tanta inmundicia. Y es que tener tiempo para pensar, solo puede aniquilarnos de asco.

miércoles, 19 de febrero de 2020

LOW COST. LA CARA B.

Cuando eres isleño y vives en un peñasco demasiado alejado del mundanal ruido, el concepto "low cost", te resulta simpático a priori. Nuestra lejanía encarece tanto cada minuncia de nuestras vidas, que siempre vemos en toda oferta una oportunidad y un alivio porque, no nos engañemos, el paraiso merma cuando nos toca el bolsillo más de lo que estamos dispuestos a asumir y sobre todo, cuando ni siquiera podemos afrontarlo.
 El low cost cobra especial relevancia cuando aplica sobre algo tan fundamental como el transporte cuando éste se convierte en la diferencia entre el todo y la nada. Y esto bien podría ejemplificarse en las compañías aéreas. Está muy bien vivir en un "paraiso" a 3000 km de los grandes problemas globales, pero eso tiene un precio, y uno de ellos es que cuando quieres salir de él, te cuesta una pasta que te cuesta sudores ganar.
 Recuerdo una época en la que, para un canario, viajar era sinónimo de holgura económica. Dado que para salir de esta jaula de oro lo más apropiado es un avión, es fácil de deducir que quien podía permitirse semejante alivio debía tener unas cuentas saneadas y a la postre, ser eso que se llama "un privilegiado". Llegar a Madrid eran como mínimo 60.000 de las antiguas pesetas y eso no estaba al alcance de todos los pejines que habitamos estas 7 desdichadas rocas.
 Pero hoy día todo eso ha cambiado. Con la liberalización del sector aéreo, aparecieron nuevas compañías que rebajaban la presión, y con la competencia, aparecieron las low cost. Hoy te vas a la península por 60€ ida y vuelta, y ese es un precio que, aliñado por las subvenciones estatales al transporte de los ultraperiféricos, cualquier adolescente lleno de acné puede permitirse si sabe administrar la paga semanal y el regalo de reyes con cierta solvencia.

  Este fin de semana he viajado con Vueling. Una low cost que no está socialmente entendida como el cutrerío de Ryan Air, pero que aplica el mismo concepto: Yo te llevo del punto A al punto B por un precio asequible, pero si quieres cualquier lujito o comodidad, te voy a sacar la sangre. Y me parece bien. Se acabó lo de facturar equipaje por la cara, lo de las comidas a bordo y las sonrisas de la tripulación aunque seas un pelmazo. Si quieres privilegios, te los financias aparte. Correcto. Y sin darnos cuenta, se revierte el concepto low cost, porque a la larga, tú crees que la low cost es la compañía, pero lo que en realidad está ocurriendo es que tú te conviertes en un cliente low cost.

 Antes tu carísimo billete de iberia incluía un mundo de conceptos que ahora no aplican (facturación, comidas, atención), y te costaba una pasta gansa. Ahora en estas nuevas compañías, tú te curras la tarjeta de embarque, el check in, te ves obligado a llevar una absurda maletita de cabina y el personal te trata como a agua sucia. Vas en aviones optimizados hasta el punto de que no puedes ni reclinar los asientos, y si te gusta ir en ventanilla, lo pagas aparte.

 Pero amigos, hay gente que no lo asimila, y sin saberlo se convierten en clientes low cost profesionales. Gente que pagando 60€ por un billete, se creen con derecho a ser tratados como la reina de Saba en una recepción con el embajador. Y ellos lo saben. Y el personal de la compañía, también lo sabe. Personal que acaba quemado de lidiar con pelmazos que se quejan por todo olvidando que viajan a precios de risa y profesionales de la reclamación y la lloradera a ver si el viaje les acaba saliendo gratis.
 Comprendo y compadezco a los trabajadores de estas low cost. Si su vocación eran el servicio y la atención, acaban siendo esclavos de una manada de energúmenos que les amargan la jornada y endureciendo su corazón dejándolo sin empatía, sin ganas y con diversas taras psicológicas.

 Si sabes que tu billete ha salido barato porque no te van a dejar hacer lo que te de la gana, ¿porqué te empeñas en saltarte todas esas normas que te han permitido viajar sin apurar el bolsillo?????. Las normas están claras y explicadas, y si las comprendes, ya sabes lo que debes hacer: si dice que "un bulto de cabina y un bolso de mano", ¿para qué cojones llevas dieciocho bolsas intentando disimular???....si dice que elegir asiento cuesta dinero, ¿para qué huevos te pones plasta si no te gusta el asiento del medio que te ha tocado en el culo del avión?. Si querías embarcar el primero y ponerte donde te diera la gana, ¿para qué escogiste la tarifa más barata?...

  Al final, eso acaba siendo un enjambre de insatisfechas plañideras y la tripulación una desganada masa laboral que acaba perdiendo la paciencia y la compostura ante tanto cretino suelto. Se acabaron la risas, el placer del viaje y las ganas de agradar. Porque no nos engañemos: el concepto de compañía low cost puede ser perverso para el cliente, pero cuando el cliente se convierte en un cliente low cost, la única alternativa es el infierno.

 Me gustan las compañías low cost. Si pudiera permitírmelo, viajaría siempre en compañías que no lo fueran, pero como no puedo, lo mejor que puedo hacer es acatar las normas y molestar lo menos posible con mis tonterías si a cambio puedo darle un abrazo a mi amigo Jordi por 60 miserables euros y sin provocar que una pobre azafata acabe hasta los ovarios de mi narcisista forma de entender mi ego.

 Y dicho esto, Me ha gustado el servicio, los aviones y la atención de vueling. Espero haberles gustado yo a ellos. Y si no tampoco pasa nada, porque en cuanto tuviera pasta, los dejaría botados por cualquier carísima compañía que me permitiera ejercer de cliente VIP.